Soy Cristian Signorelli, aunque en el Parque y en las redes me conocen como El Barón de la Lavanda. Hace veinte años tomé una decisión que en su momento parecía poco razonable: cultivar lavanda en Villa Llanquín, en pleno corazón de la Patagonia, un lugar de suelo pedregoso, viento constante y heladas que llegan mucho antes que en el resto del país.
La mayoría de los manuales que existían en ese momento hablaban de la Provenza, de climas mediterráneos suaves, de inviernos templados. Nada de eso describía mi tierra. Así que aprendí a fuerza de prueba, error y observación paciente cuál era el verdadero comportamiento de esta planta en un clima árido y frío.
En el camino, viajé por Inglaterra, Francia y España para conocer de primera mano a cultivadores con más de 300 años de tradición en el cultivo de lavanda — familias que llevan generaciones enteras dedicadas a esta planta, en algunas de las regiones lavanderas más reconocidas del mundo. Volví de esos viajes con una certeza: la técnica se puede aprender de cualquier lado, pero adaptarla a un clima tan distinto como el de la estepa patagónica era un trabajo que tenía que hacer yo mismo, con mis propias manos y mi propia tierra.
Y así fue. Terminé descubriendo que la lavanda no solo sobrevive en climas áridos y fríos bien manejados: prospera, y da un aceite esencial de una calidad distinta a la de zonas más benignas.
Hoy ese proyecto es el Parque Agroecológico Lavandas del Limay, el primer parque de lavanda agroecológico de Argentina — sin agroquímicos de síntesis, con un manejo que respeta el ritmo natural de la estepa patagónica. Cultivamos diecisiete variedades distintas, entre angustifolias, lavandines y especies ornamentales, y de ahí sale todo lo demás: aceite esencial destilado artesanalmente, plantines para nuevos productores, un espacio de agroturismo donde recibimos visitantes en plena floración, y una línea de productos cosméticos y gastronómicos elaborados acá mismo.
Pero si hay algo que aprendí en estos veinte años —entre lo que traje de Europa y lo que tuve que reinventar acá— es que el conocimiento que más vale no es el que se copia de un libro, sino el que se construye mirando la propia tierra, temporada tras temporada. Por eso nació la Academia El Barón de la Lavanda: una manera de compartir todo ese recorrido —la tradición de siglos que fui a buscar afuera, y los veinte años de trabajo real acá— con quienes están empezando su propio camino con esta planta, en climas tan exigentes como el mío.